Verdaderas Riquezas: Hospitalidad y Generosidad

Hace solo unas horas, visité a unos familiares de mi papá. Aprovechamos el descanso de la navidad para visitar a sus hermanas. Solo puedo decir que me la pasé super bien hablando unos minutos con esas ancianas tan hospitalarias, amables y generosas. Son tres mujeres que viven en una zona rural de Apaneca, un pequeño pueblito en El Salvador. Nos costó muchísimo trabajo llegar… y regresar, ni se diga. Las calles de piedra, polvo, rodeadas por árboles, y muy empinadas, nos cansaron demasiado. Eso me hace pensar que necesito más ejercicio físico, aunque no es ese nuestro tema aquí.

Cuando llegamos, mis tías salieron a recibirnos con mucha alegría, nos invitaron a pasar a su casa siempre barrida, y comenzamos a platicar unos minutos. Ya sabes. Las conversaciones son sobre cómo está la familia, cómo pasamos la noche del 24 de diciembre, y todos esos temas que ya seguramente has oído mientras visitas a tus tíos junto a tus padres. Sin embargo, mi atención hacia la conversación se vio interrumpida por algo que sucedía tras bambalinas.

Mientras unos de nosotros estábamos allí platicando, sentados cómodamente y descansando de la larga caminata, una señora de unos 80 años de edad caminó hacia nosotros con sus manos muy temblorosas, cargando dos vasos con refresco natural de naranja. Y claro, es fácil asumir que, por estar de visita, alguien podría ofrecernos un refresco o un vaso con agua.

Pero sinceramente, ver esa imagen impactó tanto mi corazón que me llevó a pensar en cuánto necesito ser hospitalario y generoso. Si lo piensas, y si tuvieras la oportunidad de conocer a estas hermosas ancianitas, verías que no son personas con riqueza material. No son personas que sepan usar una computadora; no son personas que tienen un automóvil o una pequeña empresa. Sin embargo, puedo afirmar con toda sinceridad que son más ricas que la mayoría de nosotros.

Llamados a la hospitalidad y el servicio

Aunque no conozcas a mis tías, sé que alguna vez has conocido a alguien que sin tener mucho, da lo que tiene con mucha alegría. Y eso me recuerda al verdadero sentido de la vida cristiana respecto a la hospitalidad, la generosidad y el servicio en general. El Señor Jesucristo afirmó que el verdadero sentido de la vida cristiana no está en ser servido, sino en servir. Cuando dos hermanos quisieron ser exaltados en el reino de Cristo, el Señor les enseñó que su reino opera bajo un principio totalmente opuesto:

Entonces Jesús los llamó y les dijo: —Saben que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellos. Entre ustedes no será así. Más bien, cualquiera que anhele ser grande entre ustedes será su servidor; y el que anhele ser el primero entre ustedes, será su siervo.

Mateo 20:25-27

El Señor compara los reinos del mundo (¿Y por qué no las riquezas?) con su propio reino. Los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas; usan su autoridad para reprimir y pasar por encima de sus gobernados. Sin embargo, Cristo el Rey perfecto no se burla de aquellos que son gobernados por él. Más bien, los ama y es generoso con ellos. Pero no solo él. El Señor usa este ejemplo de las naciones para contrastarlo directamente con aquellos que viven bajo su reino espiritual y les dice que ellos no deben tener esa actitud abusiva. En lugar de agredir, deben servir. En lugar de sentarse en lugares de honor, deben humillarse.

Vivimos en un mundo en que todos pasan encima de los demás para llegar más alto. Sin embargo, estamos llamados a servir con nuestras manos temblorosas, a dar de lo poco que tenemos con alegría. Así, no necesitaremos dinero a montones para poder darlo a los demás. Seremos totalmente ricos porque nada nos impedirá compartir nuestro espacio e incluso nuestros recursos con los demás.