No Intentes Reformar tu Iglesia

La fe evangélica es producto de un largo cúmulo de sucesos históricos. Básicamente, me atrevería a decir que la historia de la iglesia cristiana es la historia del mundo como lo conocemos ahora. Por ejemplo, grandes sucesos como la invención de la imprenta fueron soberanamente usados por el Señor para que millones de personas tuvieran acceso a una copia de la Biblia en su propio idioma. Además, los escritos de hombres como Martín Lutero fueron usados por el Señor para traer conciencia y cambio a las congregaciones en toda Europa.

En este tiempo, sin duda el Señor está usando el Internet para traer un deseo renovado por la Biblia y una eclesiología cada vez más apegada a las Escrituras. Muchos jóvenes estamos siendo expuestos a una cantidad de recursos que creyentes de pasadas generaciones quizá ni siquiera soñaron. Tenemos miles de libros electrónicos, miles de horas de sana enseñanza en audio y video, software para estudio bíblico avanzado, y un sinnúmero de herramientas en la palma de nuestra mano. No podría escribir esta entrada en mi blog si no tuviéramos tal facilidad para consumir y crear contenidos.

Eso es una bendición maravillosa. El Señor, de alguna manera, está trabajando en los jóvenes por medio de tantos recursos para traerlos al conocimiento de la verdad, plantar iglesias sanas, sanar las iglesias que existen ahora, y asegurar ser conocido por todas las naciones. Amén a todo eso. Sin embargo, por experiencia propia y dolorosa, considero que los jóvenes que nos topamos con la enseñanza expositiva de las Escrituras y nos enardecemos al ver cuán poco se parece nuestra iglesia a la de Hechos 2 deberíamos evaluar con muchísimo cuidado nuestro deseo de reformar a la iglesia.

Vemos con tanta emoción la valentía de hombres como Martín Lutero y Juan Calvino, que quisiéramos imitarles y causar un gran revuelo en la iglesia para traerla de regreso a las Escrituras. Y en parte, debo decir con mucho cuidado que el deseo de cambiar la iglesia (y el mundo entero) es una característica natural de los jóvenes de nuestros días. Querer cambiar lo que está mal no es intrínsecamente malo en realidad, pero no siempre lo hacemos de la mejor manera.

Un pequeño reformador

Durante años, caí en el error de pretender ser un pequeño reformador. Me veía a mí mismo como alguien por medio de quien Dios podría bendecir a su iglesia. Y vaya, debo aceptar que siempre fui sincero en este esfuerzo. Siempre quise formar parte de una iglesia que amara las Escrituras, que no se durmiera durante la exposición de Romanos, que se maravillara ante la doctrina de la salvación según la enseña la Biblia y según la articularon los reformadores. Como ves, estaba muy activo en mi pequeña imagen de reformador y la mayoría de cosas que quería eran buenas.

Sin embargo, con el tiempo descubrí que este deseo de reformar mi propia congregación podía no ser el más piadoso. A pesar de que siempre fui sincero, pronto descubrí que quizá no tenía la paciencia necesaria para ver estos cambios; quería que sucedieran de manera instantánea, y en mi obstinación olvidaba de alguna manera la paciencia que el Señor me ha tenido por más de 27 años, 24 horas al día.

Quizá mi esfuerzo por reformar mi iglesia debió ser acompañado de más oración, más comunión con el Señor, más amor y paciencia hacia mis hermanos queridos. Y no quiero que pienses que no los amaba; siempre los amé sinceramente, pero había algo que quizá no estaba bien: No se trataba de reformar la iglesia, sino de ser un miembro saludable de la iglesia. En suma, una iglesia sana no es más que el reflejo de miembros saludables.

No intentes reformar tu iglesia: reforma tu vida

Aunque no manejo un automóvil, he estado junto a amigos y familiares que lo hacen, y hemos estado atascados en el tráfico. Cuando eso sucede, generalmente decimos y deseamos que las demás personas en autos hubieran salido más temprano de sus casas para que no se causara el tráfico pesado. Y si lo piensas, los cien carros que están atascados en tráfico están llenos de personas que querrían que los otros 99 hubieran salido más temprano.

Trayendo esta imagen a la iglesia, creo que así sucede justamente cuando todos queremos que la iglesia se reforme y no reformamos nuestra propia vida. Deseamos que los hermanos oren y lean la Biblia mucho más de lo que lo hacen, pero quizá no buscamos ese mismo fervor en nosotros mismos. O quizá sí tenemos esas virtudes, pero no pensamos en cuánto tiempo el Espíritu Santo estuvo formando esas cualidades en nosotros.

El apóstol Pablo escribió a los corintios lo siguiente sobre la importancia del amor:

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.

1 Corintios 13:1-2

El amor es importante. Y no es más importante que la doctrina. Pero si la doctrina que intentas comunicar para reformar la iglesia no va cargada de amor puro y sincero por aquellos que la forman, quizá no deberías intentar reformar tu iglesia.