Lo que Dios Odia (P4): El Asesinato de Inocentes

Dios odia el asesinato de personas inocentes. Eso es lo que significa la frase «manos que derraman sangre inocente» que encontramos en Proverbios 6:17.

Homicidio y asesinato

Nota que en este artículo uso la palabra asesinato en lugar de la palabra homicidio, y creo que es crucial que entendamos primero la diferencia entre ambas.

El homicidio es el «delito consistente en dar muerte a otra persona»[1], y una de sus características es que sucede «sin que concurran las circunstancias de alevosía, precio o ensañamiento».[2]

En contraste, el asesinato «consiste en dar muerte a otra persona con la concurrencia de circunstancias especialmente graves como la alevosía, por medio de precio, recompensa o promesa, con ensañamiento, o su realización para facilitar la comisión de otro delito o para evitar que se descubra».[3]

Entonces, la palabra más exacta para entender el acto cruel que en la Biblia se entiende como «derramar sangre inocente» es asesinato.

El asesinato de inocentes en la Biblia

En la Biblia, una persona inocente es alguien que no ha hecho algo que justifique su muerte.

Por ejemplo, el libro de Proverbios comienza llamándonos a no conspirar contra aquellos que no nos han hecho ningún daño, como hacen los malvados en secreto:

Hijo mío, si los pecadores te quisieran persuadir, no lo consientas. Si te dicen: “Ven con nosotros; estemos al acecho para derramar sangre y embosquemos sin motivo a los inocentes (…) Hijo mío, no andes en el camino de ellos; aparta tu pie de sus senderos, porque sus pies corren al mal y se apresuran a derramar sangre. (Pr. 1:10-11, 15-16)

Hay aquí al menos dos condiciones que se deben cumplir para que una persona sea culpable de asesinar a un inocente.

La primera condición que debe cumplirse es la inocencia de la víctima; esto significa que la víctima no ha hecho algo que justifique su asesinato. El pasaje es muy claro en que los malvados planean acechar «sin motivo a los inocentes».

La segunda condición que debe cumplirse es la intención de asesinar por parte del asesino. Como demuestra el pasaje, los malvados son personas que están planeando el ataque con lujo de detalles. El plan de los malvados incluye esconderse junto al camino, asesinar a los inocentes, robarles, y hasta repartir las riquezas. Esta no es una muerte accidental, sino una muerte planificada.

La Biblia condena el asesinato de personas inocentes en varios pasajes (Is. 1:15, 59:2-7; Jr. 19:3-4; 2 R. 24:3-4). El asesinato de inocentes no es algo ligero en la Biblia. Es algo que desata la ira de Dios, crea separación entre el asesino y Dios, y atrae el justo castigo del Señor sobre el culpable.

¿Por qué Dios odia el asesinato de inocentes?

Hay una razón claramente explícita en la Biblia por la cual podemos entender el odio de Dios hacia el asesinato de inocentes: el ser humano tiene la imagen de Dios en sí mismo.

El que derrame sangre de hombre, su sangre será derramada por hombre; porque a imagen de Dios él hizo al hombre. (Gn. 9:6)

Asesinar a un inocente es atentar contra la imagen de Dios que está en el hombre; es atacar la santidad de la vida humana que ha sido dada por Dios y que solo él puede quitar. Es tomar en nuestras manos una prerrogativa que solo Dios posee como Creador y Juez justo.

En ese versículo, la pena por matar a otro ser humano es la muerte. Pero esta culpabilidad y pena no aplica en todos los casos, pues no todas las muertes de inocentes cumplen con los requisitos que mencionamos al inicio: inocencia de la víctima e intención del asesino.

Muerte accidental de los inocentes en la Biblia

La Biblia establece claramente la diferencia entre el homicidio involuntario y el asesinato. Estas son las palabras del Señor a Moisés sobre el asunto:

“El que hiere a alguien causándole la muerte morirá irremisiblemente. Pero si él no lo premeditó, sino que Dios permitió que cayera en sus manos, entonces yo te pondré el lugar al cual ha de huir. Pero si alguno actúa con premeditación contra su prójimo y lo mata con alevosía, lo quitarás de mi altar para que muera. (Éx. 21:12-14)

En la teocracia de Israel, la pena para quien mate a otra persona es la muerte. Sin embargo, el Señor comprende que es posible que alguien accidentalmente y sin ninguna intención hiera a su hermano y le cause la muerte.

En este caso, el Señor designó algunas ciudades en las que aquellos que causaron una muerte accidental pudieran resguardarse. De esta manera, no serían injustamente sometidos a la pena de muerte o a la venganza de los familiares y/o amigos del que fue asesinado. En este caso, el homicida es considerado como inocente:

Por tanto, yo te mando diciendo: Aparta para ti tres ciudades. Y si el SEÑOR tu Dios ensancha tu territorio, como lo juró a tus padres, y te da toda la tierra que prometió dar a tus padres, cuando guardes todos estos mandamientos que yo te ordeno hoy para ponerlos por obra, ames al SEÑOR tu Dios y andes en sus caminos todos los días, entonces añadirás para ti tres ciudades más a estas tres. Así no será derramada sangre inocente en medio de tu tierra que el SEÑOR tu Dios te da por heredad, de modo que haya sobre ti culpa de sangre. (Dt. 19:7-10)

Es importante notar que el homicida es tenido por inocente porque, aunque se cumplió la condición de inocencia de la víctima, no se cumplió la condición de intención por parte del asesino.

Pensando en esto, recuerda que en la Biblia hay una muerte de un inocente. Y no fue una muerte accidental…

El evangelio: El asesinato de un inocente para salvar a los culpables

A veces, el Señor usa cosas tan terribles como el asesinato de inocentes para sus sabios y perfectos propósitos. Y sé que ante esto muchos responderán cuestionando la sabiduría de Dios.

Pero antes de que nos rasguemos las vestiduras diciendo que eso es injusto, quiero que consideremos el evangelio: la buena noticia de que el Padre quiso que su amado Hijo fuera asesinado a manos de pecadores, siendo justo e inocente, para salvar a aquellos que son culpables.

El día de Pentecostés en el libro de los Hechos, cuando todos cuestionaban los hechos poderosos que estaban presenciando, el apóstol Pedro proclamó el evangelio de la siguiente manera:

Hombres de Israel, oigan estas palabras: Jesús de Nazaret fue hombre acreditado por Dios ante ustedes con hechos poderosos, maravillas y señales que Dios hizo por medio de él entre ustedes, como ustedes mismos saben. A este, que fue entregado por el predeterminado consejo y el previo conocimiento de Dios, ustedes mataron clavándole en una cruz por manos de inicuos. A él, Dios le resucitó, habiendo desatado los dolores de la muerte; puesto que era imposible que él quedara detenido bajo su dominio.

Qué glorioso y sorprendente es saber que el Dios de toda sabiduría usó un acto tan cruel, no para condenarnos más de lo que estamos, sino para salvarnos. Jesús fue acreditado como hombre inocente y como Hijo de Dios, pero los pecadores le clavaron en una cruz, dándole una muerte que correspondía a los peores criminales.

A diferencia de la sangre de Abel (víctima inocente) que clama desde la tierra para condenar a su hermano Caín (asesino), la sangre de Jesús de Nazaret (inocente) clama para que nosotros (culpables y asesinos) seamos perdonados y aceptados como hijos de Dios.

Dios odia el asesinato de personas inocentes, y solo mediante el poder del evangelio somos librados de la culpa y el deseo de cometer un acto tan terrible ante sus ojos.

Notas
[1] Diccionario Panhispánico del Español Jurídico
[2] Diccionario de la Lengua Española.
[3] Diccionario Panhispánico del Español Jurídico

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