3 Principios Bíblicos para Servir en el Sonido de la Iglesia

Hace unos años, el Señor me permitió predicar varias veces al mes en la congregación de la que fui miembro. Tuve, gracias a Dios, un papel muy activo en la enseñanza de la Biblia. Era un gozo poder estudiar cada semana para impartir un discipulado, enseñar a los jóvenes de mi congregación, e incluso predicar en el día del Señor en algunas ocasiones. Definitivamente, agradezco al Señor por aquella congregación, por sus pastores y por los hermanos que me escuchaban enseñar.

Actualmente, en la congregación de la que el Señor me permite formar parte, tengo la dicha de servir en algo totalmente diferente. Pasé de enseñar, a hacer que el micrófono de quien enseña suene claro. Ahora ya no tengo el micrófono en mis manos, ya no hablo ante la congregación tan regularmente como antes. Pero estoy descubriendo un gozo distinto, uno que también llena el alma: el gozo de servir en el «anonimato». Si bien cada semana nuestro pastor agradece la labor de aquellos que servimos en cada área de la vida de nuestra iglesia, es evidente que mi papel ahora no es tan «público» como lo era anteriormente.

Eso plantea una pregunta muy importante: ¿Hay algún principio o alguna verdad en la Biblia que pueda ayudarme y ayudar a otros que también sirven en el sonido en sus congregaciones?

Reflexionando en estas preguntas, he recordado un pasaje de la Primera Carta del Apóstol Pablo a los Corintios. Esta iglesia, como muchas en este tiempo, tenía una serie de problemas que necesitaban ser corregidos. Uno de estos problemas es la división, ya que algunos creyentes en Corinto afirmaban que pertenecían a uno u otro maestro porque disfrutaban sus enseñanzas más que la del otro. Por eso, ya en el capítulo 1 el apóstol Pablo exhorta a la iglesia diciendo:

Les ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos se pongan de acuerdo, y que no haya divisiones entre ustedes, sino que estén enteramente unidos en un mismo sentir y en un mismo parecer.

1 Corintios 1:10 NBLA

Más adelante, en el capítulo tres, el apóstol Pablo retoma el tema de las divisiones. Aquí Pablo muestra a la iglesia como el campo de cultivo de Dios, en el que unos siembran y otros riegan para que haya fruto. Y es en este pasaje donde encontramos las siguientes palabras:

Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento.

1 Corintios 3:7 NBLA

Aunque en el contexto inmediato el pasaje habla acerca de los maestros de la congregación, creo que podemos extraer tres principios que aplican a todo siervo cristiano, no importa en qué área sirva. Estos principios son el principio de la colaboración, el principio de la humildad, y el principio de la adoración. Veamos cada uno de ellos.

1- El principio de la colaboración

Las palabras del apóstol Pablo muestran al que planta y al que riega. El que planta es el que inicialmente comparte el evangelio con las personas, y el que riega es que acompaña y enseña a las personas en la vida cristiana. Sin embargo, ambos son «colabores en la labor de Dios», como lo explica el versículo 9.

Esto me lleva a pensar que, cualquiera que sea el área en que sirvamos en nuestra congregación, en cualquier etapa del crecimiento de la misma, debemos tener en cuenta que somos colaboradores en la labor de Dios. Cuando bajas y subes el volumen del micrófono del predicador, cuando cuidas que no haya ruidos que interrumpan el mensaje, estás colaborando activamente en la labor de Dios. Estás ayudando a que el campo de cultivo de Dios crezca y dé fruto.

2- El principio de la humildad

Sin duda Pablo y Apolos tenían dones cautivantes. La sencillez de Pablo cautivaba a unos, y la elocuencia de Apolos fascinaba a otros. Pero ninguno debía estar orgulloso de nada, porque como escribe Pablo, «ni el que planta ni el que riega es algo». Todo servicio que damos al Señor debe estar impregnado con humildad.

Sé humilde si te piden más volumen. Procura estar presto a colaborar con gozo en que todo en el sonido de tu iglesia salga bien. No te sientas inferior por no ser quien está hablando al micrófono. Cumple tu labor con alegría y proactividad, porque ni tú ni el predicador son algo, sino colaboradores humildes que han sido llamados por la gracia de Dios a servir en su labor.

3- El principio de la adoración

Es muy fácil decir «soli Deo gloria» desde el púlpito, pero debes decir «soli Deo gloria» desde la consola también. En el campo de cultivo de Dios del que eres parte, y en el equipo de colaboradores al que has sido llamado, solo hay uno que se lleva el crédito: Dios, que da el crecimiento.

Cuando el evangelista comparte el evangelio, y cuando el maestro discipula a los creyentes, Dios está dando crecimiento a su pueblo. De la misma manera, cuando el predicador está predicando y tú estás controlando el sonido, Dios está dando crecimiento a su pueblo. Por tanto, él merece la gloria.

Un último consejo: No olvides crecer también

Por favor, no olvides que no eres un simple «miembro del equipo» en un evento. La iglesia no es un show, y tú no eres un sonidista invitado. Eres parte del campo de cultivo de Dios. No dejes que los botones y gráficos de la consola nublen tu vista y te hagan sordo a la Palabra de Dios. Escucha el mensaje también, pues Dios te está haciendo crecer a ti junto a tus hermanos.

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